La Palabra es tan libre que da pánico...

(Benedetti)

miércoles, 11 de junio de 2014

Sed ...

La culpa es de la sed -se decía siempre-. Con este calor era mucho más apetecible saciarla que simplemente calmarla. O eso creía. De nuevo los efluvios le acompañaban a casa; y hasta era de agradecer que le llevaran un poco en volandas.

Era maravilloso sentir cómo el líquido fresco y protector le adentraba en la inmensidad del "todo es posible". Surfeaba las emociones, le envalentonaba la euforia de la ola; esa misma que sin remedio siempre le devolvía a la orilla.

Ese par de cervezas traían de vuelta- de nuevo, otra vez-, esa pena que arrastraba y escocía en los ojos. ¿Beber para olvidar? Más bien, beber para recordar.

En algún momento siempre se separaba de él mismo: ya no sujetaba el vaso, a duras penas soportaba el peso de su vulnerabilidad. Expuestas sobre la mesa, a modo de muestrario, identificaba sus penas. Le dolían hasta decir basta. Entonces sabía que era el momento de ir a llorarlas en soledad. Porque no se podían explicar. Más bien las sentía como un tornado que arrasa todo a su paso. Nunca terminaban de destrozarle, como nunca terminaban de irse.

Maldita sed. Maldita cerveza de la verdad.

Los efectos pasarían pronto. El dolor le duraría semanas: las mismas que la última vez.


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