Hay ojos que no precisan subtítulos por muy extraño que sea su lenguaje.
@mg.
Hay ojos que no precisan subtítulos por muy extraño que sea su lenguaje.
@mg.
No te sentaste nunca a hacer los deberes conmigo,
es cierto.
Ni se llevaba en aquellos tiempos.
Mas de no ser por ti,
yo no amaría ni letras ni versos,
solo por verte leer cada tarde en silencio.
(in memoriam).
@mg.
Que todo pasa es cierto.
Aunque hay días como años,
que no conocen la brevedad del tiempo.
@mg.
Tú en vela
Yo sin dormir,
qué manera de estropear dos camas...
@mg.
Desempaquetar tiene el noble oficio de
devolvernos aquella sonrisa tonta
con la que envolvíamos, sin darnos cuenta,
la nueva e ilusionante vida en cada objeto...
@mg.
Ahora que lo pienso
nunca te oí cantar.
Y sin embargo hoy el recuerdo se me va
a aquellos tiempos de río, cesto y pañal.
Seguro que algún corro le hiciste a la que siempre cantaba;
para hacer ameno aquello de frotar y blanquear.
Te veo allí, contagiada de amistad,
sonrosada, atrevida, feliz...
Dime que sí,
que cantabas.
Que lo hacías siempre al acostarme, al vestirme, al lavarme.
Estoy segura madre,
cuando yo no levantaba un palmo,
cantabas.
Aunque sea incapaz de recordarlo.
(in memoriam)
@mg.
Cuando ya no se puede respirar, hay que salir a buscar oxígeno.
Cuando el nivel de contaminación es tal que anula tu voluntad,
lo que puede parecer descabellado a ojos de los mortales,
se convierte en heroicidad a tus propios ojos.
@mg.
No hay dolor emocional de desarraigo comparable a sentir que tu casa ya no es tu casa. Cortar el cordón umbilical de nuevo sobre lo que habías construido como estructuras para tu sostenibilidad afectiva.
Es como hallarte en el más absoluto desamparo.
Pasar del calor del hogar al frío y desangelado yermo.
Navegar por las olas fantasmales de la pertenencia al océano, para volver, de nuevo, a considerarte una pequeña charca en la que con suerte seguir subsistiendo sin morir de sed.
De nuevo a la intemperie.
Al menos un horizonte inmenso a la vista.
Intimidante.
Tal vez prometedor.
Puertas abiertas para miedos, puertas abiertas para oportunidades.
Alcanzo a ver un campo vacío, pero libre.
Le acabo de pedir al universo, mientras contemplo las plantas sentada en la terraza de mi casa a las cinco y media de la tarde, que si por favor, me puede decir qué hago yo aquí; mirando cómo se van los días, las oportunidades, los amigos, la capacidad de sociabilizar, las posibilidades, la vida, el tiempo...
Me ha parecido escuchar, que tengo una misión, mientras aparecía de la nada, una mariposa blanca en un cuarto piso.
Ahí siguen las mariposas.
Ahí sigue la sensación, la misión, el misterio.
Ahí sigue la confusión.
Ahí sigue el camino sin encontrar-
Se me queda cara de circunstancia cuando se empeñan en contarme las bondades sociales de las cervezas y las risas; y la algarabía. Es como si se dijeran que no vivo.
Aunque por otra parte ¿por qué ha de suceder todo a través de la convivencia?
No es por filosofar pero la vida también está en mi terraza: en las hojas de las plantas que crecen cada día, en mi gato ronroneando sobre el césped artificial nuevo, en las moscas ocupas de la habitación, en la paloma que lleva días sin moverse del nido empollando sus huevos.
¿Qué es al fin y al cabo una terraza de bar veraniega? Comida, bebida. Demostración al mundo de que no estás solo, de que tu vida es rica en amistades, vivencias, en excesos... ¿Quién le pone más valor a una copa nocturna que a la contemplación de una noche estrellada?
¿Qué produce más regocijo, qué enriquece más?
Ya he estado en terrazas y bares. Ya he vivido en la inconsciencia que proporcionan los grados de alcohol y amistad. He formado parte del rebaño, a resguardo, y ahí me he sentido bien. Ojalá pudiera volver, ojalá su calor me abrigara de nuevo.
Se siente más frío en soledad, aunque se ve más claro.
No pretendo ser distante ni interesante. No quiero ser nada.
Ya me gustaría tener un millón de amigos y así vivir siempre ocupada, siempre arropada.
Pero por algo que desconozco me quedo sentada en el suelo de mi balcón. En compañía de mi gato gordo durmiendo sobre el césped nuevo; sin cansarme de observar las plantas buscando nuevos brotes de hojas que me muestran lo sencillo que es vivir y lo fácil que es ser una misma.
Lo mire por donde lo mire hoy es un día redondo.
Como el sol, como la tierra, como la danza que trae hoy mis números.
Como la placenta que me envolvió dejándome un poco huérfana ya cuando me expulsó, haciéndome pasar de la muerte a la vida.
Descubriendo su misterio en un mismo momento: nacer y morir es lo mismo.
Con la diferencia de que a la muerte no la envuelve una placenta protectora, de ahí el miedo, de ahí el frío.
Cumplo 55 en el año 20 de la pandemia mundial.
Desconozco qué recuento debo hacer al llegar aquí. Todo es más fugaz, mañana habré sumado un año más.
Mañana estaremos los que somos: Ringo y yo.
(10 de mayo de 2020)