No hay dolor emocional de desarraigo comparable a sentir que tu casa ya no es tu casa. Cortar el cordón umbilical de nuevo sobre lo que habías construido como estructuras para tu sostenibilidad afectiva.
Es como hallarte en el más absoluto desamparo.
Pasar del calor del hogar al frío y desangelado yermo.
Navegar por las olas fantasmales de la pertenencia al océano, para volver, de nuevo, a considerarte una pequeña charca en la que con suerte seguir subsistiendo sin morir de sed.
De nuevo a la intemperie.
Al menos un horizonte inmenso a la vista.
Intimidante.
Tal vez prometedor.
Puertas abiertas para miedos, puertas abiertas para oportunidades.
Alcanzo a ver un campo vacío, pero libre.
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