Hoy la mermelada estaba ácida.
Durante años he rechazado la de fresa por un recuerdo tonto adolescente. Un helado con ese sabor me hizo vomitar y desde entonces sólo toleraba la fresa natural.
Hasta que mi compañera de piso compró mermelada de fresa, y yo aburrida de las tostadas mediterráneas, me la unté en pan. Me sentó muy bien, aun a mi pesar, diré que hasta estaba riquísima.
Pero por esas cosas tontas de llevar las lealtades hasta el extremo, aún había en mi un sentimiento de traición a mi principio de odio a todos los derivados de aquella cruel fresa convertida en polo, que tuvo la desfachatez de indigestarme.
Y para vengar esa infidelidad, volví a comprar mermelada de albaricoque, porque ¡yo siempre he sido de albaricoque o ciruela!
Error. Después de probar las bondades de la fresa confitada, el albaricoque me ha decepcionado. Muy a mi pesar, muy muy a mi pesar... ¿Pero cómo puede ser? ¡No le puedo hacer esto al albaricoque! ¡Con los buenos ratos que me ha dado!
Pues ya ves, es que está ácida. O es la marca o es que el albaricoque ya no te pone...
¿Tendré valor para elegir la mermelada que me apetezca, sin atender a sobornos mentales ni lealtades ridículas? ¿Podré hacerlo sin bajar la mirada para no cruzarme con los otros sabores?
Esto promete.
Una cosa es cierta: no quiero ácidos en mi vida. No, si puedo elegir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario