Quiero que la vida me
toque -me repetía constantemente-. Después de este año, puedo asegurar que al
menos, la vida mancha. Sobre todo a la hora de comer si convives con niños.
Criar es educar sin
descanso, es cierto. Pero lo que olvidamos, es que ellos también nos educan a
nosotros. Y a la vida no se le ocurrió otra cosa que ponerme a dos crios de
cuatro años para mostrarme que vivir es toquetearlo todo, todo.
Comprobar cómo sus manos
impregnadas de sabores varios se posan y decoran cualquier superficie, me hace
pensar -después de sobreponerme a la situación- que quizás mis superficies eran
pelín asépticas. Y que si no saboreo la vida con los dedos, dificilmente le voy
a pillar el gusto a esto de vivir.
No voy a negar lo
desesperante que es la plastilina y sus increíbles utilidades; o cómo la manera
que tienen de hidratar su cara y pelo con petit suisse, me hace jurar en
arameo. Para enfrentar estas situaciones se requiere mucho autocontrol, un
potente limpiador y un gran sentido del humor para partirte de risa por sus
ocurrencias -cuando no te ven-. Esto me hace pensar que no puedo limitarme a mi
propia visión de las cosas. Está bien fortalecer mi criterio, pero sin perder de
vista que hay tantas posibilidades como perspectivas. El hecho de que el petit
suisse -hasta ahora- es considerado un yogurt al queso, no quiere decir que no
se pueda usar como crema limpiadora, blanqueador de suelos o un cremoso champú.
Flexibilidad. Me están
anulando las normas a base de golpes de espontaneidad y descaro. Preguntones
hasta decir basta -es cierto- pero qué manera tan sencilla de recordarme que
curiosear es descubrir. ¿Puedo probarlo? - Sugieren ante cualquier alimento
desconocido-, y lo prueban, lo escupen, lo dejan a medias o lo comen. Pero
¿acaso hay otra manera de saber lo que te gusta y lo que no? Con ello
reconozco, que quizás demasiado a menudo, rechazo encuentros y posibilidades de
ricas experiencias, sólo porque a primer golpe de vista no me resultan
atractivas.
Que rechacen mi beso o
mi abrazo, lejos de hacerme sentir mal, me enseña a dosificar el dar, a no
abrumar, a recibir su amor cuando quieren darlo; a respetar que no quieran
recibir. Intento transformar la exigencia velada que lleva un "dame un
beso", por la claridad de un "me gustaria darte un beso".
Algunas veces me contestan que a ellos no, con lo cual observo que la
frustración sigue dando pellizquito, y que la edad no anula las ganas de ser
correspondida.
Ellos me muestran, que
la vida ha de pasar por mi. Y si mis días no me manchan, no tienen sabor, no
son curiosos ni espontáneos, probablemente, la vida esté pasando de largo... Y
de mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario