Cada mañana, el gallo, la oca y la gallina, graznaban y cacareaban para disfrute del niño moreno y el rubio. Impotentes por no saber hacerse entender, picoteaban las sobras... Otro día sin aventuras. Nadie les abría la verja.
Quizás si lo intento yo sola -dijo la oca- entender vuestro cacareo es difícil hasta para mí. Si prestarais atención a los niños, comprobaríais que cada vez imitan mejor mis graznidos. O esto, o nos quedamos aquí para siempre. Votación! -gritaron las gallinas- mientras el gallo hacía esfuerzos por no soltarle un kikiriki blasfemo a esa oca presuntuosa...
Continuará...
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