La Palabra es tan libre que da pánico...

(Benedetti)

lunes, 4 de noviembre de 2013

Integrar...

Eso de "integrar" ¿dónde hay que hacerlo? Porque a nivel mental es sencillo: le pones unas cuantas ecuaciones de razonamientos hasta llegar al resultado final ya simplificado, e integras. 

Tan simple como estúpido e ineficaz.

No sé qué organo o glándula, si la pineal, o el timo ese; no sé si es el cerebelo o el reptiliano, o la tercera vértebra con su músculo atrofiado... ¿Quién es el encargado de darte la patada en el estómago? ¿El mismo que te dice "toma, para que integres"?

El otro día leí que habían descubierto -por fin- la función del apéndice en el cuerpo humano. Parece ser que es como un refugio de bacterias buenas. ¡Ay Dios! Que va a ser ahí donde se integran las tortas - cada vez que se te cae una parte de tu propio mito, es un hostión, no nos engañemos-. 

¡Pues ya está! ¡Si es que yo no tengo apéndice!

Qué faena... Seguro que me hubiera ahorrado repetir muchos procesos hasta integrarlos -en el mejor de los casos-.

Se me puso rabioso a los catorce años, justo cuando más falta hace tener un buen depósito para ir dejando allí dosis de tolerancia y aceptación para todas tus versiones. 

Estoy pensando, que igual el tema radica en eso, en que me quedé con la versión del momento. 

Integrar, entonces, es darme permiso para ser la versión que me apetezca ser, sin sentir - y aquí está lo difícil- que al hacerlo traiciono a la versión inicial.

Porque vivir con tantas traiciones a cuestas destroza mi propia estima, además de mi espalda.

¡Ostras! Nunca lo había visto tan claro. 

Sigo sin saber quién ha mandado la información, porque yo no sabía nada de esto al empezar a escribir. 

Tampoco sé explicar cómo se hace para integrar, ha sucedido, sin más.


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