Contemplando a mi gato dormido, me doy cuenta de que yo no hubiera sido una buena madre. Este pequeño me provoca un amor tan profundo, tan desconocido, tan desproporcionado, que tengo que reprimir constantemente el deseo de abrazarlo y no soltarlo. Y es ahí cuando he caído en la cuenta de que eso es lo fácil.
Fácil es manejar a tu pequeño, a tu nene, a tu rey de la casa a tu antojo. Formatearlo a tu imagen y semejanza, que sea tu extensión. Fácil es hacerlo dependiente, que ni coma, ni beba, ni haga pipí, si no es a través de ti. Fácil es que tú sepas lo que le gusta, lo que le sienta bien. Que lo aprenda bien prontito, para que no pueda prescindir de tus platos hasta que otra se los prepare, nunca mejor que tú, por supuesto.
Fácil es chantajearlo con promesas de juguetes y chuches, ante cualquier atisbo de rebeldía por su parte. Fácil es tener una marioneta como hijo.
Porque lo difícil, es ser madre que educa hacia la independencia. Difícil es enseñarle a ser autosuficiente. Pasarte horas hasta que aprenda a vestirse solo, aplaudirle el par de cucharadas que ha tomado aunque haya derramado el resto de la sopa.
Difícil es no cobijarlo en tus brazos cuando llora porque le han quitado el columpio, en vez de enseñarle que la frustación forma parte de la vida, y que hay que esperar el turno, porque el parque es de todos.
Difícil, tremendamente difícil, es no pasarte el día comiéndotelo a besos, porque eso fomentaría el apego, aunque tú prefieras que esté pegado a ti. Dificilísimo es respetarle sus opiniones (que las tiene), responderle a todas sus preguntas con argumentos, no con el fácil "porque sí". Observar su creatividad y fomentarla, aunque eso suponga horas de piano electrónico y pinturas en las paredes.
Atención, más difícil todavía: si el niño quiere hacer jabalina, que lo haga. Aunque tú ya tengas toda la equipación de fútbol en casa. ¡Eso es tremendo! Te acaba de joder los partidillos domingueros donde al imberbe se le muestra como futura estrella, para envidia y escozor de los otros padres.
Lo difícil son los marcajes, los límites. Quitarle el plato de la mesa si juega con la comida, para que con ello aprenda que hay un tiempo para todo, y a la vez permitir que se embarre hasta las orejas, para que el juego forme siempre parte de su vida.
Pero sobre todo, difícil es ser madre coraje. O sea: tener el coraje de ser este tipo de madre. Y haberlas haylas, doy fe. Conviven a diario con la duda, se cuestionan, se reciclan, inventan... Nunca pierden de vista que educan a sus hijos para ser personas, no para formar parte del mobiliario.
Yo hubiera sido un desastre. Si ahora mismo me muero por despertar a mi gato... Aplausos, madres que Sois y dejáis Ser.