Curiosamente, esta mañana he recibido un mensaje, a la misma hora que decidiste marchar hace ya once años. El mensaje me hablaba de magia. Y aunque era muy temprano, me he despertado y lo he leído. Y aún medio dormida, recuerdo que he pensado "vaya, recibo esto hoy, justamente a la misma hora que mi hermano falleció", y me he vuelto a dormir.
Ahora, ya totalmente despierta, acepto la magia y te escribo esta carta tan necesaria para mi. No te quejes hermano, la de nuestro padre he tardado en escribirla veintidós años.
Nunca he querído pensar mucho en ti. Supongo que también estaba enfadada contigo. Sois unos cabrones, os fuísteis los dos y me dejásteis con todo el pastel. Destrozásteis a mi madre y por protegerla a ella, me destrocé yo. ¿Sabes cómo duele eso?
Lo que no sabía, es que te echo de menos (como me cuesta decir esto). Pues sí, hermano, añoro tu risa, tus consejos (que tanto odiaba en la adolescencia). Añoro tu presencia. Aunque cada vez que nos reunimos, allí te llevamos. Nadie lo dice, pero todos te hacemos un hueco en silencio.
Destilabas vida tío ¿por qué te fuiste? ¿Qué llevabas tan dentro que fuiste incapaz de soltar?
Creo que luchaste solo para darnos una tregua. Aceptaste el sufrimiento a cambio de darnos tiempo para integrarlo, para despedirte cada día. Pero no lo hacíamos. Era imposible que el más vivo de todos se apagara.
Te llevaste tus secretos contigo. Tu sonrísa siempre lo tapó todo. Esa recuerdo, esa oigo...
Cuando me despedí de ti, te dije que dejaras de resistirte, por una vez el consejo te lo di yo. Y tú, hermano mayor, que siempre empujabas, que retabas a la vida... Me hiciste caso.
Y te fuiste.
Durante un tiempo lloré el dolor. Hoy, por fin, lloro la pena.
Me hace feliz que vengas a mis sueños, pero sigues siendo un pesado en cuestión de consejos.
Qué bonito es poder llorarte hermano, desde el amor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario