Pues vale, sí, me aterra que me abandonen, y lo pienso a todas horas. Que luego no es tanto, que sobrevivo siempre, que la mayoría de las veces, los cambios me traen paz. Si ni siquiera se trata de ti, de éste o de aquél; que más bien es el sentimiento en sí, que no sé de dónde viene o si vino conmigo de serie.
Y se busca excusas que más bien parecen cruzadas, y se enreda en pensamientos que más bien parecen veredictos, y me lía, me lía hasta que el ¡basta! ya no sé si lo pones tú o lo pongo yo. Que éste, es un sentimiento cabrón de cenicientas sin zapatos y de víctimas con guillotinas de plástico. Que mejor me escondo detrás de un delantal no vaya a ser que al príncipe le dé por venir; que tu pie es el que encaja en el zapato, y no el mío, que está hecho para llevar alpargatas.
Que esta locura reptiliana me hace agachar la cabeza en busca de la guillotina una y otra vez. Ya camine erguida o despechada, ya me jaleen o me abucheen, pero que haya público por favor. Porque una víctima sin verdugos no es nada.
Y con cada relación otro examen final, otro saber que los parciales los llevo bien, pero que el que puntúa, me va a hacer repetir de nuevo. Y con cada nuevo curso, nuevos propósitos de enmienda que se van a la mierda. Y tú, pepito grillo, abanderado de la desconfianza, descreído y llorón; tú, insignificante sombra con hambre de dragón, tú que con sólo un manotazo por mi parte puedo mandarte al infinito, tú guillotina de plástico tocanarices, feo, cabrón, malpensado, aguafiestas, trol con mocos, desagradable y mezquino... ¡TÚ! Vas y apruebas ¡siempre!
Que te den... Por lo menos el doble de lo que me das tú a mi.
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