Tres o cuatro días de los nervios por no tener antena para poder ver la tele, unos cuernos en teoría potentes para captar señal, de diez a doce de la noche intentando reprimir las ganas de estampar los putos cuernos contra la pared por lo pésimo de la visión... Y ahora que tenemos super canal plus: ¡apagamos el televisor de diez a doce!
Y es que he recuperado el valor del silencio al calor de la compañía. Me he dejado atrapar de nuevo por una historia escrita en papel, en hojas de mojar dedo y pasar página, como a mi me gusta, como me ha gustado siempre.
Sentarme en el sofá, acompañar al tiempo que me acompañan, escribir primero y después leer... Silencio para inventar historias, para escuchar a los personajes que no paran de hablarme en este espacio azul. Silencio invasor a pesar del ruido, que me roba instantes y me devuelve lágrimas; que me transporta a un futuro sin líneas pero al que casi puedo tocar.
Tan ocupada o atrapada en este presente, que mi memoria apenas puede rozar el recuerdo de lo vivido. Tengo la sensación de ser una pizarra en blanco donde nunca antes se ha escrito, a pesar del polvo de tiza que mancha mis manos.
Hay momentos en que sólo quiero saborear la intensidad de mi sentir, y me callo las ganas porque estas cosas se viven sin mencionar.
Hoy, mirando el cielo por la ventana de la cocina, he pensado: mientras que haya un cielo que contemplar... Y ahí me he quedado, quizá algún día sepa completar la frase.
Pero mientras tanto, mientras que haya un cielo que contemplar, yo miraré hacia arriba.
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