Me pierdo, me pierdo, me pierdo.
Me pierdo en reproches a la vida. La exijo continuidad, sin darme cuenta de que si no fuera por su naturalidad cambiante, nada nuevo me llegaría.
Me pongo kilos de sombra encima ¿cómo pretendo ver algo asi? La encaro a base de pataletas sin pararme a observar si lo que reclamo ya lo tengo, o si es óptimo para mi. Me visto con el traje de la duda constante y miedosa, que aniquila toda mi voluntad. Es curioso cómo mi pésima audición, se mejora cuando se trata de escuchar las voces del miedo.
No me reconozco. O mejor sí, me reconozco demasiado bien. Por eso sé que me he perdido de nuevo. ¡Y es tan gratificante darme cuenta de ello! Eso me permite añorarme.
Pues sí, me añoro. Echo de menos mis conversaciones desde las múltiples ópticas y posibilidades. El saborcito rico que me produce estar en contacto con mi esencia. La sensación de bienestar que me regala el balanceo del fluir. Las largas llamadas limpias de cargas y juicios. Me duele la confianza que me niego. Sobre todo me siento tan ausente en mí misma, que cuando tomo conciencia de ello, no puedo hacer otra cosa que correr a buscarme.
Lo maravilloso es que siempre estoy. Siempre que me busco me encuentro. Supongo que porque no dejo de esperarme...
Aún estoy bajo los efectos del reencuentro. Descansando la paliza emocional. He podido por fin recostarme en mis hombros, al tiempo que me decía "es tiempo de paz, Yolanda. Es tiempo de paz."

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