Y emular a Ton Hanks en Forrest Gump y comenzar a correr sin tregua ni descanso hasta cansarme. No parar, no conceder ni un solo segundo al desfallecimiento, superar las ganas de abandonar cuando esté al límite de mis fuerzas. Y un día sentarme en un banco y comer bombones.
O vender mi casa y comprar una masía en ruinas para plantar viñas. Y esperar que llegue septiembre para bailar uvas en el lagar deseando que esta vez el rito encienda tu pasión.
Tal vez soñar en blanco y negro que soy Anita Ekberg mientras me zambullo en la fuente más grande de Roma y que tú vienes a buscarme a lo Marcello Mastroianni.
Ser una magnolia de acero: incisiva, irónica, tal vez ingenua; por si no vienes, por si te da pereza descalzarte o remangarte el pantalón.
No abandonar las ruinas de tu palacio, Judá Ben-Hur, ni la esperanza de que conserves el anillo en el que deposité mis sueños de una vida compartida, aunque solo sea Esther, la hija de lo imposible. Que ni las galeras, ni tus ricas vestiduras, ni la lepra, te aparte del abrazo prometido.
Ese mechón de pelo siempre descolgado que cuando lo peinas te convierte en el caballero más romántico de Notting Hill. Sonreir como Julia Roberts al contemplar la fachada azul portadora de sueños escritos en guias de viajes.
Dejarme la vergüenza olvidada en el fondo del baño de cualquier bar y escribir el guión de nuestra historia, sin actores principales con larga trayectoria profesional.
Los dos interpretando la realidad, actores revelación inexpertos dándonos el tiempo que no nos hace falta... O sea, todo... O sea, nada.
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