Un café Gijón. Eso es lo que he estado añorando todo el día, ahora lo sé. Un café de esos de sillas de madera desgastadas por el roce. Donde las mesas han perdido el color a la altura del puño del que se sienta a escribir, o a leer, o a contemplar.
Un café tan espeso que puedas tocar los pensamientos que revolotean por encima de las cabezas; donde las tazas blancas parecen sucias y las cucharillas ya no hacen de espejo. Un lugar al que llegar y soltar, con camareros silenciosos y paredes cómplices.
Y por no encontrarme contigo he entrado en la cafetería de enfrente. Pero las sillas eran sillones y me he tomado una coca-cola. El baño era tan moderno que me han tenido que explicar cómo abrir y por dónde entrar. Y creyendo que tenía todo lo que ansiaba me he perdido un rato en la lectura del periódico, hasta que me he sorprendido tomando un bolígrafo del bolso, algo innecesario para leer y beber coca-cola.
Así he pasado las hojas, con el bolígrafo preparado, solo que las páginas ya estaban llenas. Y a estas horas de la noche me da rabia no haber llevado la libreta en el bolso para descargarme, o quizás para inventar, pero siempre para escribir. Hasta que duela la mano, o hasta que deje de doler el anhelo.
Se me van las ganas de escribir historias mientras las estoy sintiendo. Me pierdo en las sensaciones, en los entresijos. Y para cuando las quiero contar ya forman parte de mi tejido celular. Entonces es cuando me digo de nuevo ¿y esto cómo lo escribo?
Otra más sin contar, otra para guardar. Las tengo agarradas en las curvas de mis venas haciendo de tapón. Hasta que la inercia me lleva a un café, a ver si esta vez hay suerte y en vez de leer palabras ajenas, escribo las mías. Y de nuevo el anhelo de hacer de la necesidad una posibilidad real.
Estoy anclada en la observación, me quedo mirando la vida mientras percibo impresiones sin poder hacer nada con ellas.
Y yo quiero escribirlas, habitar rinconcitos donde las historias se cuenten solas mientras yo me deleito narrándolas en papel.
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