La Palabra es tan libre que da pánico...

(Benedetti)

domingo, 31 de marzo de 2013

Si no eras Dios, merecías serlo ...

Si lo que se viene contando es cierto, hace falta tener o ser de naturaleza divina, para estar en tu última cena y poder tragar. Compartir pan y vino con tus amados aún a sabiendas de que tú no lo eres para ellos tanto como creen.

Hace falta tener pasta de dios para elevarse por encima de la traición y el desengaño; para devolver amor a cambio de latigazos.

Yo no sé lo que te impulsó a sacrificarte, no alcanzo a entender lo que movió a tu ser (divino o no) a sufrir a través del cuerpo y a través del alma. No sé por qué para ti era importante que se cumpliera lo que estaba escrito de ti. Y además ¿quién lo escribió?

No me vale eso de que te sacrificaste por nuestros pecados. No me vale eso de que eras el hijo de Dios hecho hombre y que quisiste serlo hasta el final. Nadie tiene un final como el tuyo. ¿Ser el elegido lleva consigo la muerte?

¿Acaso no se les venera a los elegidos? ¿No se les unge en aceites y se les perfuma?

¿Qué coño quisiste demostrar con todo aquello? ¿Perdurar? Eso sí lo has hecho. Después de tu paso el tiempo se cuenta de otra manera. Y se sigue rememorando tu pasión; tu dolorosa, injusta, brutal, incomprensible pasión. Una semana al año se saca tu pena a la calle, se procesiona la amargura, la rabia, la culpa.

¿No ves? No entendimos nada ¿para qué tanto sufrimiento?

¿No era más fácil escribir tu propio testamento y dejarlo como legado? Te empeñaste en hacerlo vida para el ejemplo, pero sólo ha quedado el castigo.

Dios es amor, me dijo una vez una amiga a la que la gustaba amar. Pero yo no veo tus enseñanzas en las sotanas ni en los mantos.

Me gustaría que una semana al año recordáramos tu paso por las bodas de Caná, o nos fuéramos al monte a multiplicar peces y panes aunque los trajeran de mercadona. El caso es que comiera todo el mundo.

Me gustaría que se hablara de tus actos de amor, de tu legado de esperanza y de tu belleza como el ser humano que fuiste. Pero a cambio me recuerdan que debo ponerme una corona de espinas para ser digna a los ojos de Dios.

No. Me niego. No pienso llevar esa puta corona que a algún estúpido romano se le ocurrió ponerte y que muchos estúpidos más se han empeñado en hacer de ella signo de distinción católica y romana.

Yo si acaso respetaré tus decisiones (si es que fueron las que cuentan), y te buscaré como quien busca al amigo incondicional.

Si existe una mínima posibilidad de que vayas a estar en el otro lado cuando muera, por favor, ven a mi encuentro y cuéntame de una vez y de verdad lo que pasó.

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