Tenía dos posibilidades: pegarme de nuevo toda la noche con el gato o dejarle dormir conmigo en el sofá. Al fin y al cabo era yo quien había invadido su espacio.
Opté por dejarle sitio. Se acurrucó en la curva de mi abdomen y ahí estuvo toda la noche, impasible ante mis intentos de darme la vuelta para cambiar de postura.
Los imprevistos de estos días me han traído estos regalitos. Esta vez el buda con bigotes me ha enseñado que lo que es, Es. Si hay que dormir en un sofá, pues busco la mejor postura, y si tengo que compartirlo con un gato, pues agradezco su calor. Esto lo digo bajito, pero un poco lo hice por eso de que los gatos "limpian" las energías negativas. Hice un trato con él: yo te dejo dormir conmigo y tú te llevas ese mal rollito que se me pone a veces...
No sé si funcionó, pero a la mañana siguiente los tres perros que comparten piso con el gato, estuvieron frotándose con mis piernas a modo de caricia. Como yo no se lo hago...
Es un poco sorprendente todo esto, los que me conocen lo saben. Yo creo que ellos saben ver en mi lo que las personas no pueden, o ni siquiera yo misma. Así que por eso permito que se acerquen cada vez más.
Son pacientes, no se imponen, esperan su momento. Siguen buscando su caricia, pero no se alejan deprimidos si no la reciben...
Piden, y si se les da, toman. ¿Seguro que sólo se trata de animales?
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