Son demasiado altos. No tienen término medio. O te elevan a equilibrios imposibles, o te pegan al asfalto. Te rompen, te machacan. Le roban el protagonismo a cualquier día especial. De hecho, el recuerdo que te queda es si fueron demasiado insufribles o no.
A pesar del alivio que te proporciona quitártelos, veneras el momento de ponértelos. Son el broche final, el toque mágico que da vida al resto.
De nada sirve que tu pies protesten aún sin pisar el suelo. Toca llevarlos y punto. Aún a riesgo de parecer un pato pisando nieve, nada te hace sentir más elegante.
Esperas todas las miradas ahí, ya te encargas tú de que reciban reojos de admiración, o no. En todo caso que miren. Que abran la boca, que pronostiquen torceduras varias.
Tú te sientes poderosa, altiva y tremendamente sexy.
¡Qué carajo! Duelen que te pasas ¡pero qué bien sientan unos tacones!
No hay comentarios:
Publicar un comentario