¿Qué nos hacen de pequeños? Es evidente que nos hacen algo que anula todas, o muchas, de las capacidades que traemos innatas (rae: como nacido con la misma persona).
Yo creo que venimos con nuestro kit de herramientas particular para hacer de nuestra existencia algo bonito, pero con los años me doy cuenta de que nos pasamos la vida anhelando algo que no sabemos a qué responde. Por eso me pregunto si lo que buscamos tan desesperadamente es la memoria de lo que veníamos a ser. De ahí que nos miremos tanto el ombligo...
Y mientras bailaba (vale, a veces lo hago...) limpiando el baño, he caido en la cuenta de que son las vacunas. Y si no piensa en los niños de los países menos favorecidos. ¿Has visto cómo bailan, cómo sonríen? Eso es porque allí no les ponen vacunas.
Que sí, que llevan el ritmo en el cuerpo y tal, pero ¡yo también! ¡y tú! Que un niño feliz transmite, simplemente. Pero claro si te ponen una vacuna que te enferma, te atrofia y te paraliza... Se supone que nos inmuniza, ya te digo... Inmunizados de por vida al ritmo, a la alegría, a la expresión, a todo tipo de contacto... ¡Qué pena de mentes desarrolladas!
Las culturas que no se vacunan le cantan a la lluvia, al sol, a la cosecha; sonríen contínuamente, no conciben el sentido de propiedad, lo comparten todo. Celebran a los niños, a los adolescentes, a los adultos, a los ancianos... De todo hacen una fiesta, porque la vida es disfrute.
No se vacunan contra ningún tipo de contacto, simplemente viven adaptados al medio. No se rompen la cabeza por años pensando qué ser de mayor; permiten que su instinto florezca y le siguen. Se recuerdan que son cuerpo, mente y espíritu, sin anular ninguno de ellos.
No van muy tapados, el clima se lo permite, de acuerdo; pero yo creo que lo hacen para no identificarse demasiado con el atuendo y no perder de vista su ombligo. De ahí viene todo, de ahí vienes, de ahí vengo; y si queda algún resto de lo que nació conmigo seguro que está ahí.

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