De haberlo sabido te hubiera escuchado cuando comenzaste a hablarme. Lo hiciste al amanecer, cuando todo nace. Me tomé muchas molestias en evitar que volvieras a hacerlo. Bajé persianas, corrí cortinas, me vesti de gris; quizá si evitaba la luz cada mañana, tú te callarías. Me pasé años evitando amaneceres, a ti te daba igual; nunca dejaste de intentarlo.
De haber sabido que me estabas hablando, no hubiera puesto tanto empeño en callarte. Conseguí aislarte, hasta me olvidé de ti.
Obstinado, perseverante, charlatán... Insensible a mi traición: lloraste, gritaste, pataleaste... Te hiciste rizos con mis neuronas, practicaste la jabalina con el hipotálamo, hiciste patinaje en mi corteza cerebral... Todo con tal de que te rescatara.
Y un día te vi, sólo tuve que buscar el original de la imagen reflejada. Escuché, comprendí y me hice cargo. Habías sobrevivido a la más completa negación.
De haber sabido que todo lo que viene de ti es fiable, que tienes un emisario con la respuesta acertada a cada situación; de haber sabido que vas por libre de opiniones y condicionamientos, que eres capaz de silenciar a todos los programas neuronales... ¡Yo que sé! De haber sabido que tú eras la pregunta y la respuesta, no me habría provocado la sordera.
Hoy afirmo, reafirmo y proclamo, que el cuerpo nunca te abandona, ¡te sigue a todas partes! Al menos el mío...
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