Si no fuera porque me espera una casa vacía, cerraría la puerta y lo dejaría todo dentro. Por alguna razón se me está haciendo cuesta arriba el ponerme a seleccionar y embalar. Al fin y al cabo todo forma parte de esta vieja piel que estoy soltando.
Quizá sea más fácil dejar el pasado intacto, sin tener que realizar el doloroso ejercicio de elegir. Ni descartar demasiado ni llevar en exceso. O por el contrario dejarlo todo es algo así como saber que tienes un lugar donde volver, donde nada ha cambiado y todo te espera.
¡Tantas presencias en cada objeto! Observadores de lealtades o traiciones; vigilantes y expectantes desde su silenciosa crítica, a la espera del veredicto. Aún desde su inmovilidad sentiré su súplica para no ser abandonados.
Sólo moví una ficha y la reacción en cadena ha sido tan inevitable como vertiginosa. Siento como si estuviera dejando a mis padres por primera vez (aunque han sido ellos los que me han dejado). Igual sin darme cuenta convertí mi casa en una extensión de la de ellos. Me traje a todo el mundo. Aquí está su presencia porque aquí los he llorado, los he culpado y los he extrañado hasta decir basta. Tengo hermanas en cortinas, cazuelas, tazas; hermanos en marcos, licores, cuchillos. Amigas en libros, recuerdos, fotos... Cuñados en persianas y cuñadas en cuadros colgados. Tengo sobrinos de comunión y licenciados. Álbumes llenos de instantes, libros que pesan horas, cuadernos pensantes, música confidente... ¿Por dónde empiezo?
Me llevaré lo que menos me pese, lo que más me aligere el alma. Eso supone reconocer con cuánta carga extra he caminado; supone darme de bofetadas con toda esta gente y quedar en paz.
Al menos ahora ya sé qué filtro aplicar.

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