Me gusta conducir hacia la sierra. No sé cual es el encanto que me hace repetir esta experiencia y menos aún qué la hace nueva cada vez. Siempre la comparto con personas cómplices, no sé conversar si no es desde la confidencia.
La montaña es el anfitrión perfecto. Su presencia nos da licencia para explorar nuestras subidas y bajadas mientras honramos la amistad a corazón abierto.
El aire frío de la sierra nos despierta los sentidos mientras nos despoja de todo lo sobrante.
Respirar y contemplar, si es que caminas. Escuchar y vaciar, si es que dialogas. Pasear siempre.
La quietud de la naturaleza se impone a nuestros ruidos. Calladamente hace su trabajo, te atrae, te embruja, apenas lo notas, vas bajando el tono y de repente ocurre, el silencio. Y te rindes, y vuelves.
Con Rosa aprendo a respirar mientras intento seguirla en la ascensión. La compañía de Javi me hizo más fácil lo difícil (hasta para esa empresa busqué la protección de la montaña). Nines siempre me saca mi lado más alegre, hace que todo sea natural. Con Vicky es como ir a un balneario, el ritmo de la conversación es un bálsamo. Y mientras recorro ese tramo Helena, veo el futuro que sentiste a largo, muy largo plazo, y en color verde.
Y que no os nombre, no quiere decir que no tengáis vuestro sitio aquí. Tampoco la montaña habla y sin embargo es presencia pura.
Estar allí siempre me calma, siempre me expande. Es sentir que formo parte, que todo es vida.

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