Si las piedras hablaran o hablasen ¿qué contarían? ¿Las buscaríamos en nuestras alegrías y penas?
Me he sentado en uno de los cuatro bancos que rodean esas mesas de piedra, dispuestas en zonas verdes, para la merienda de turno o las confidencias en clave de pipas.
He ocupado solo una pequeña esquina del banco, sintiendo que de algún modo, irrumpía en un espacio que me era ajeno.
Cada vez que voy a pasear las veo, son un grupo de señoras viudas (al menos la mayoría). Se sientan cada tarde a echar la partida de cartas. Es su mesa, son sus bancos.
Me gusta verlas, son divertidas. Han unido penas, seguro, pero celebran la compañía, se han buscado y se han reconocido en el hueco ausente.
Me ha hecho pensar que quizás jugar a las cartas, sea para ellas, como una alquimia transformadora.
Golpean sus penas con los bastos, desbrozan su alma a golpe de espadas, brindan por su resiliencia con copas engalanadas y realzan su valía con los oros.
Y mientras, las piedras acompañan, sostienen, esperan calladas, firmes. Guardan secretos, empapan penas, son escuchantes pasivos, pero se quedan con tu peso a cambio de nada.
Si hablaran ... Claro que por otra parte, hablar no siempre es emitir sonidos.

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