Tengo que empezar a seleccionar ropa. Voy a pasar tres meses fuera de mi nido. Y solo de pensar en la selección ya tengo la coctelera a tope.
Me resulta muy difícil elegir. Curiosamente no me cuesta elegir lo que me llevo, lo que me cuesta un huevo, es elegir lo que se queda.
Estoy decidida a simplificar al máximo, entonces pienso lleva solo lo que te hace sentir cómoda, bien, eso no es difícil. El problema empieza cuando me quedo mirando lo excluído y me mortifico pensando ¿y si lo necesito?
Y claro, llega el maestro zen de la maleta a darme la lección de hoy. Ese "por si lo necesito", me hace pensar en la cantidad de cosas, costumbres y hasta personas incómodas que he mantenído por temor a necesitarlas.
Aunque esas personas ya no están conmigo (porque ya no toca), sigo manteniéndolas en mi despensa espiritual, por temor a no bastarme a mí misma.
Es como mover ese pantalón de sitio una y otra vez, incluso meterlo en la maleta, a pesar de que me resulta incómodo, por si me saca de algún apuro.
Mantener lo incómodo en mi vida, lo que aprieta, lo que solo sirve para hacer bulto; es una declaración de indefensión por mi parte. Aquí estoy yo, con toda esta ropa, con estas costumbres heredadas o autoimpuestas, con toda esta gente en la despensa, que me ocupan espacio, que me miran, me controlan, miden mis palabras... ¡Basta! No las necesito, al menos ahora no. Hay un abismo entre su realidad y la mía, solo necesito mis cosas para transitar en la mía.
Puedo vestirme a mí misma con mi escasa ropa cómoda, y eso es lo que voy a meter en la maleta. No puedo llevar ropa pensando en un sinfín de situaciones, conforme me las encuentre, me iré vistiendo.
Voy a cerrar la vieja despensa. No me siento bien entre portales espirituales ni registros akashicos. Lo que venga, ya se irá viendo y viviendo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario