Y de nuevo la música. Con toda su magia.
Anoche vi un programa de esos que te reconcilian con el género humano. Era un reportaje sobre un centro de día del alzheimer. Mostraban cómo la música hacía verdaderos milagros en las personas afectadas por ese olvido de la memoria.
Los y las había de todas las edades, la mayoría eran tiernas abuelas. Ni siquiera eran capaces de recordar en qué día de la semana estaban, pero se les iluminaba la cara cuando veían llegar a los chicos de la terapia con música.
Verdaderos héroes cantando y recordando la letra completa de las canciones.
También nos mostraban sus vidas en sus casas, con sus cuidadores. La dedicación, la paciencia y el amor infinito hacia esas madres, esos padres, hacia sus esposas y esposos.
A los primeros acordes de la guitarra resucitaban de su letargo, recuperando por minutos toda la vida que lentamente se les escapa. Hasta consiguieron dar un concierto en el Palau de la música, cantando hasta una canción en inglés.
Yo no me puedo ni imaginar la emoción de los familiares que llenaron el auditorio. Supongo que en sus aplausos iban las bendiciones por toda una vida de amor incondicional.
La satisfacción de los héroes cantores era inmensa. Bellas sonrisas inocentes, felices por cantar, simplemente por eso, por cantar... Y por recordar.
Y quise ser la chica que dirigía el coro, y el barbas con pelo largo que tocaba la guitarra y les daba panderetas. Quise ser uno de ellos, de los que les daban los buenos dias y les ponía a cantar. Quería sentir la emoción por el trabajo amado. Quería sentir la inmensa recompensa al esfuerzo y la paciencia. Quería ir en ese autobús, saboreando los nervios, quería poder aplaudir con todo mi alma mi trabajo.
Quise ser uno de ellos para recibir incentivos de sonrisas y abrazos cada día. Para meterme en la cama satisfecha y feliz por tener una excusa para cantar.

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