Hay días en que la excelencia se te muestra a través de encuentros. O esos encuentros te muestran la excelencia.
Van a tener razón los Mayas (pueblo con mayúsculas), este año se acaba el mundo. Yo ya lo estoy comprobando. Mi mundo, el conocido, el familiar, el protector, se está rompiendo, se resquebraja, me lleva por delante.
Y lo mismo pasa con personas cercanas, y no tan cercanas. Con regocijo (lo reconozco), descubro que sus mundos también se rompen, que coincidimos en haber despertado de un letargo, de una anestesia por años.
La respuesta a este fin del mundo es la misma, abandono de la mediocridad para ofrecer la versión de excelencia que nos es innata.
Descubro en todas las personas que se han quedado sin mundo, un gran alivio, una ligereza desconocida. Después del primer shock, después de observar los trocitos de su mundo, se preguntan ¿cómo he estado ahí tanto tiempo?
A todas nos lleva por delante un impulso incontrolable. Lo que se ha roto ya no se puede recomponer, ni queremos, ni falta que nos hace.
Abandonamos costumbres impuestas (o no) sin el menor esfuerzo. Es que ya no podemos hacer otra cosa ¿verdad personas excelentes? Me confiesan, "si quiere ir al huerto que vaya él, porque yo me voy a poner a estudiar", "pues me reduces la jornada, pero no me encierro en ese despacho", "yo no anulo nada, ese es mi sitio y allí voy a ir"...
No queremos escuchar más miedos (hoy os tengo de guardianas del castillo), tenemos suficientes con los nuestros. La gente cree que da consejos, pero lo que da es miedo.
Yo espero que sus mundos se vayan al carajo, que se alivien, que vivan en la excelencia.
Por mi parte, os confieso, entre comillas, "que no puedo volver, no puedo".

No hay comentarios:
Publicar un comentario