¡Dios de los vikingos! O sea, Odín. Ni en mis más trabajadas ensoñaciones esperaba yo tener una visión semejante.
Vivir en una ciudad amurallada, hace que las jornadas medievales te transporten casi de forma real a la edad media. Con la diferencia de que hay que pagar por todo (y de forma exagerada). Pero te compensa el bullicio de las calles, la exaltación de la vida en cada esquina.
Una está preparada para cruzarse con caballeros, con nobles y sus damas, con el clero, moros, taberneros, músicos alegrando las calles (¿cómo hemos perdido esto?), espectáculos de fuego y varios... Pero ¿Un vikingo? ¿Aquí? ¿En tierra de santos y cantos?
¡Dioses del universo! ¡Qué espectáculo! ¡Qué presencia! ¡Qué torso!... Permitidme tanta exclamación. Sencillamente impresionante. Sin espadas, ni escudos protectores, solo él y su calzón de piel.
Su paso firme en tierra extraña, su arrogante dominio de miradas y suspiros... ¿Pero de dónde has salido?
Hoy te he buscado en cada calle, en cada esquina, pero ni rastro. No sería extraño que alguna dama de bien, escondida en sus ropajes, te haya secuestrado para quizás, convertirte a la fe verdadera...
Por favor vikingos, ocupad nuestras calles, sacadnos de nuestros ropajes bastos y anquilosados, hacednos soñar con nuevos mundos y por favor ¡venid en grupo!
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